Bernie Sanders y nosotros

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En Estados Unidos, la potencia triunfadora de la Guerra Fría, un país donde socialismo y comunismo se entienden como la misma (horrible) cosa y Barack Obama es acusado constantemente de ser “de izquierda” (terrible acusación, aunque menos grave que la de ser musulmán), el ascenso de un político como Bernie Sanders es lo más cercano que se puede tener a una revolución.

Es, a su vez, una demostración más de lo pobre y anquilosada que es la discusión intelectual en estas tierras, donde una amplia facción de comentaristas, opinólogos y expertos de todo cuño siguen defendiendo a rajatabla un modelo político y económico noventero, que ha sido revisado, cuestionado, refutado, actualizado y vuelto a revisar en todo el mundo, salvo en el Perú, donde se insiste en consagrarlo como dogma y en calificar a todo aquel que se atreva a sugerirle modificaciones de chavista o enemigo del libre mercado. Como si no hubiera pasado el crack mundial del 2009, como si Piketty no hubiera escrito El Capital en el Siglo XXI, como si el ascenso de movimientos como Podemos en España, Syriza en Grecia y (en el otro extremo) el Frente Nacional en Francia no nos dijeran nada de hacia dónde se dirigen las preocupaciones de los ciudadanos contemporáneos.

Si en Estados Unidos, tierra de la libertad y santuario del capitalismo, un político como Bernie Sanders, que se define sin tapujos como socialista y enarbola las banderas de la lucha contra la desigualdad y la regulación, surge con posibilidades de ganar la nominación demócrata como candidato a la presidencia ¿por qué en el Perú solamente mencionar estos asuntos hace que tantos ‘líderes de opinión’ se pongan a la defensiva? Hasta en Davos se discuten sobre la desigualdad con menos ojeriza que en los programas de televisión y las columnas de opinión de los diarios peruanos.

Vivimos en un país demasiado apegado a las modas del pasado. Basta con prender la radio y escuchar un poco de música para constatarlo. Cualquier visitante extranjero queda sorprendido al comprobar que aquí todavía suenan de manera habitual los viejos éxitos de Soda Stereo o Los Prisioneros. Igual –o peor– pasa en el terreno de las ideas. Pero de cualquier forma la cuestión llegará. Es cuestión de tiempo, simplemente, porque el Perú no puede sustraerse eternamente de lo que pasa en el resto del mundo. Si insistimos en ignorar o minimizar el problema, este solo estallará de modo más violento.

Esa capacidad de incorporar a la agenda nacional discusiones importantes de manera más o menos civilizada es una de las virtudes de la democracia, cuando se entiende como un sistema que otorga voz y empodera a las minorías, y no como la solemos entender en el Perú: una dictadura de las mayorías disimulada por periódicos procesos electorales.

Sigue siendo poco probable que Bernie Sanders gane la nominación demócrata. Se enfrenta a una maquinaria muy poderosa que respalda a Hillary Clinton. Pero aun si no lo consigue, ya puede apuntarse un triunfo: su ascenso es un síntoma que los políticos de su país no podrán ignorar. En las democracias maduras eso cuenta: no es necesario ganar las elecciones para tener una fuerte influencia en el debate público. En el Perú, en cambio, votamos bajo la lógica de que el ganador se lleva todo y todas las propuestas de los perdedores –independientemente de su valor- terminan en el tacho de la basura.

Peor todavía: también las propuestas de los ganadores suelen acabar en el mismo lugar. 

Si eso no causa una indignación generalizada en este país, es porque hay un amplio sector, sumamente influyente y con amplia presencia en los medios de comunicación, que en realidad está contento con que las cosas no cambien. Para ese sector, celebrar elecciones cada cinco años es causa de estrés y molesta incertidumbre. Un ritual que hay que cumplir, sin mayor entusiasmo y cierta preocupación, porque cada elección es, efectivamente, una ventana por la que se pueden colar los detractores del sistema.

Y los detractores se colarán igual. Sanders es una demostración más. Más vale, entonces, que empecemos a debatir con más tolerancia y mente abierta las propuestas de estos (supuestos o auténticos) enemigos del modelo.

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Dígame doctor (y otras hipocresías cotidianas)

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Como dice el meme, el caso de César Acuña y el bien documentado plagio de su tesis doctoral me ha hecho reflexionar. Pero este no es un post sobre César Acuña, sino sobre la sociedad en el que vive. Una sociedad que, además, el mismo contribuye a moldear.

En una época como la actual, donde se nos entrena sistemáticamente para darle más importancia a la forma que al fondo y en las que la marca tiene rango de palabra mágica (aunque el producto que haya detrás esté sobrevaluado, o simplemente sea una porquería), no debería sorprendernos tanto la proliferación de los casos de plagio en todos los niveles de la educación. Menos, la proliferación de universidades de medio pelo.

Resulta que son dos caras de un mismo fenómeno. Queremos la chapa de licenciado, magíster o doctor porque luce bien al lado de nuestro nombre (refuerza nuestra marca personal) y porque consideramos, con razón, que nos abre puertas en un entorno –el del trabajo formal, la gran empresa y la administración pública– ciertamente apegado a la tradición de la escritura; un ámbito en el que los cartones y los papeles todavía pesan. Los títulos representan una presunta formación de calidad presuntamente garantizada, y para acceder a ciertas posiciones siguen siendo requisitos indispensables. Un ejemplo de este persistente culto al cartón es la reciente Ley Universitaria, que exige a los docentes tener como mínimo una maestría. De dónde sea o cómo se haya obtenido es un detalle secundario. Es la universidad enroscándose sobre su modelo original, basado en la escritura.

Más allá de este y otros ejemplos, lo cierto es que los títulos pesan mucho más que la formación que efectivamente recibe la persona. Cuando Anel Townsend defiende a su jefe afirmando que lo importante son las habilidades, no los doctorados, dice una gran verdad, que ni ella se debe creer del todo (lo cual no quiere decir que no sea una defensa atroz, en tanto justifica un fraude inaceptable).

Llevo varios años como docente de educación superior y técnica, así que me consta que ese divorcio entre el estudio, el aprendizaje y la consecución de los grados y títulos existe, me atrevo a decir, en todos los niveles. Desde la Ivy League hasta una universidad instalada en un garaje, el modelo educativo de la universidad clásica basado en categorías escriturales (me apropio, aquí, y en varias partes más, de la terminología de los profesores Eduardo Zapata y Juan Biondi), colisiona y hace crac cuando se encuentra con sus estudiantes, cada vez más divorciados del papel y más afines con la electronalidad, que les confiere una aproximación hacia el conocimiento y el estudio totalmente diferente. La tesis, ese temido escalafón final, máxima expresión de la demostración de la adquisición del saber en el mundo escritural, es también la máxima expresión de ese divorcio: un mamotreto de cientos de páginas, basado en otros mamotretos, del que los estudiantes no entienden ni siquiera para qué sirve y que, para remate, casi nadie lee. Es decir, un obstáculo entre el estudiante y su objetivo del título.

Por supuesto que hay excepciones, pero el estudiante electronal promedio carece de las herramientas para emprender un proyecto así, o cualquier proyecto a mediano o largo plazo (digamos, un semestre): simplemente no está entrenado para ello, pero lo peor es que carece de la motivación para hacerlo. No es que sean más burros, es que tienen otro software. Y las instituciones educativas tampoco se ocupan de motivarlos: ya no venden el valor de saber, sino la promesa del éxito, a más rápido, mejor. ¿Hay acaso algo más lejano que la promesa de ser el próximo Mark Zuckerberg que la perspectiva de pasarse cinco años estudiando e investigando para sacar un doctorado? No hay solución de continuidad entre ser doctor y tener plata como cancha.

Una de las contradicciones más singulares de nuestra sociedad actual es que, por lo menos en el discurso, no nos cansamos de recalcar la importancia de la educación, pero a la vez compramos y vendemos la idea del éxito rápido y fácil y de la educación como un instrumento: estudio solo en la medida en que me sirve para algo. O mejor, compro un título. Que haya que pasar 5 años o más metido en salones, haciendo trabajos, ¡leyendo! o lo que sea, es un trámite engorroso.

A todos nos encantaría la idea de poder aprender como lo hacían los personajes de The Matrix: que nos sienten, nos conecten a una computadora a través de un orificio en la nuca y nos carguen el conocimiento directo al cerebro, en segundos. Pero mientras eso ocurra, el aprendizaje será lento y mucha veces tedioso. No faltan quienes buscan el atajo. Y tampoco faltará gente que lo justifique.

 

 

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La tasa que le da cuerda al mundo

Aun si no sabe nada de economía, le bastará con entender un par de sencillos conceptos para entender lo que sigue: 1) No hay nada más cobarde en el mundo que un millón de dólares y 2) Si hay algún lugar en el que los inversionistas se sienten totalmente seguros para poner su dinero, ese es el tesoro de Estados Unidos. No solo porque sea la economía más grande del mundo. Más importante es que las deudas se pagan en dólares y resulta impensable que EEUU se quede sin ellos: al fin y al cabo es el dueño de la impresora.

Si tenemos claro esto, podemos entender por qué está subiendo tanto el dólar y por qué, de un tiempo a esta parte, los economistas entrevistados en los medios de comunicación hablan sobre la famosa tasa de la Fed y cómo la inminencia de un alza de la misma tiene en vilo a todo el mundo, y en concreto al Perú.

El primer principio explica las estampidas de capitales y los desplomes bursátiles cada vez más frecuentes en todo el mundo. A la primera señal de riesgo el dinero huye despavorido, sobre todo de las plazas consideradas riesgosas, es decir, de casi todas. El segundo apunta a señalar cuál es el destino por excelencia para ese dinero: el bono de la Reserva Federal de EEUU, la famosa Fed. ¿Hay inversiones más rentables que prestarle dinero al Tío Sam? Sin duda que sí, muchas. Pero ninguna inversión se considera más segura. A mayor rentabilidad, mayor riesgo; eso lo tienen claro desde el primer día los estudiantes de finanzas.

Y aquí regresamos al primer principio: en condiciones normales, un inversionista global armaría su portafolio con un importante énfasis en esos bonos del tesoro estadounidense. Sin embargo, los últimos años no han sido años de condiciones normales. Al menos desde el 2008, como consecuencia de la crisis global, la Fed ha mantenido su tasa de referencia muy cerca de cero. El mensaje a los inversionistas en ese contexto es claro: no queremos su dinero, preferimos que lo inviertan en otro lado (en el sector privado, por ejemplo), y así ayuden a dinamizar la economía del país.

Al mismo tiempo, la Fed puso en práctica un estímulo monetario, el llamado quantitative easing (QE), que en palabras sencillas puede describirse como lo que hizo Alan García en el Perú entre 1985 y 1990: poner en marcha la maquinita, claro, en una escala mucho mayor. Hasta el año pasado, la Fed emitió grandes cantidades de dólares y los utilizó para adquirir bonos de empresas y prestárselos a los bancos, que a su vez podían prestarlos a tasas muy bajas. El mundo se inundó de dólares baratos y los inversionistas se pusieron a buscar lugares para invertirlos. Dado que el bono del tesoro no era una opción –porque prácticamente no ofrecía retorno–, el cobarde dinero se vio forzado a buscar otras plazas: bonos soberanos de países emergentes como el Perú, que ofrecen tasas más altas que la Fed, pero se consideran menos seguros. O acciones de empresas que cotizan en bolsas exóticas, como la de Lima. Así, la inundación de dólares en EEUU también se sintió en el Perú, y el precio del dólar cayó durante varios años.

Varias empresas peruanas también aprovecharon la coyuntura de un dólar abundante para endeudarse en esa moneda a tasas sumamente ventajosas. Con ese financiamiento barato, expandieron sus negocios, lanzaron nuevos productos, adquirieron otras empresas tanto dentro como fuera del país. Pero esa coyuntura, claramente, no iba a ser eterna. Y para una empresa peruana –sobre todo, si tiene la mayor parte de sus ingresos en soles– tener deuda en dólares representa una vulnerabilidad, de la misma manera que para una persona natural que tiene un crédito hipotecario en dólares pero cobra su sueldo en soles. Si el dólar sube, su deuda se incrementa en términos reales. Los peruanos, que vivimos pendientes del dólar como pocos, tenemos claros los riesgos del tipo de cambio. Pero incluso así, el alza del dólar sorprendió a varias empresas con los pantalones abajo.

Pero no nos desviemos del tema. Efectivamente, el QE no iba a durar por siempre pues, como bien sabemos en el Perú, encender la maquinita de manera indiscriminada tiene como resultado final un aumento de la inflación. Así que ya el año pasado, la Fed declaró el final de su agresiva expansión monetaria. Era hora de retirar el exceso de dólares de la economía para evitar que esta se recaliente. El siguiente paso será elevar la tasa de referencia, con lo cual el bono del tesoro volverá a ser una inversión atractiva y atraerá de vuelta a los capitales que se fueron de paseo por todo el mundo. Así, el dólar pasará de ser abundante (y barato) a escaso (y en consecuencia más caro).

¿De qué depende esa alza? Simplemente, de que la Fed esté convencida de que la economía estadounidense ya está suficientemente recuperada como para soportar el cambio.

La Fed lleva meses evaluando si ya es momento para subir su dichosa tasa. Hasta ahora no lo ha hecho, y los analistas no se terminan de poner de acuerdo sobre cuándo lo hará. Se cree que será en algún momento de lo que queda de este año, pero bien podría ser ya en el 2016. Pero lo cierto es que, aunque todavía no sube la tasa, el cobarde dinero ya tomó sus precauciones, y hace ya un tiempo que se comporta como si el alza fuera un hecho consumado. En consecuencia, el crédito en dólares es más caro y los inversionistas se lo piensan más antes de meter su dinero en economías emergentes. Al fin y al cabo, no tienen tantos dólares disponibles para arriesgar en inversiones de alto riesgo y hay otras opciones (la primera de ellas, los bonos del tesoro) que ofrecen retornos más seguros.

No es un problema menor: durante años, la economía peruana –tanto el sector público como el privado– ha dependido en gran medida de esos dólares para financiar su crecimiento. Y ahora escasean por partida doble: no solo por el fin de los tiempos de expansión monetaria, también porque los precios de nuestros principales productos de exportación –los minerales– están cayendo de manera sostenida.

¿Qué puede hacer el banco central o el gobierno de una economía minúscula como el Perú ante estos movimientos, consecuencia de las decisiones que toman los banqueros centrales de economía más grande del mundo? En realidad, solo mediadas paliativas, pues su margen de maniobra es muy reducido. El Perú, valgan verdades, es un barquito de papel sometido a los vientos que soplen en la economía global. Durante años, el viento estuvo decididamente a favor, ahora parece que viene en contra.

¿Y qué pasó con el milagro peruano, ese que durante años celebramos como el triunfazo de eso que se suele llamar ‘el modelo económico’?

No se trata de quitarle méritos a los conductores de la economía peruana en los últimos 15 años. Varias cosas deben haber hecho bien. Pero, claramente, esa era solo una parte del cuento.

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¿Es Venezuela una democracia o una dictadura?

A lo largo de estos años, el radar de la derecha peruana para detectar y atacar a sus enemigos se ha ido refinando hasta sintetizarse en una única pregunta. Llamémosla, por ponerle un nombre, el caviarómetro: “¿Es Venezuela una democracia o una dictadura?”. Según la respuesta, parece posible determinar si el examinado es un auténtico socialista de los tiempos modernos o un rojo cavernario, retrógrado, de esos que todavía abundan por estos lares. O, por ponerlo de otro modo, si se refleja más en Felipe González o en el Fidel Castro de hace tres décadas. Un socialdemócrata de verdad o un fósil andante.

Puede parecer sonso, por elemental, pero para una importante mayoría de los líderes de la izquierda peruana el caviarómetro puede inspirar más miedo que el polígrafo de El Valor de la Verdad. Verónika Mendoza, la mujer que aspira a ser la rising star de la izquierda peruana, lo enfrentó la semana pasada. Se lo aplicó Gerardo Caballero, periodista del El Comercio, y su respuesta fue francamente decepcionante. Intentó evadir la pregunta, cambiar el tema, cuando la pregunta es directa y merece una respuesta idem.

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Hay quienes sostienen que un aspirante a la presidencia de la República debería cuidarse de opinar sobre asuntos externos, puesto que eventualmente podría llegar al gobierno y ser preso de sus opiniones, con lo que la política exterior del país podría ponerse en problemas. A mi entender, eso es proyectarse demasiado. Para una figura como Mendoza, lo importante ahora es mandar mensajes claros. Apenas es una precandidata ¿En serio ya está pensando como presidenta? Demasiada proyección para mi gusto. Además, sentar posición sobre Venezuela pueden entenderse (al menos desde el 2006) como un asunto de política interna, habida cuenta de que el modelo chavista fue -mientras lo permitió el precio del petróleo-, un producto de exportación. El Perú nunca ha metido sus narices en la política interna de Venezuela. Hugo Chávez, en cambio, se permitía patrocinar e impulsar candidaturas. Y Maduro ha llegado a amenazar a nuestros cancilleres.

Pero entonces, ¿Es Venezuela una democracia o una dictadura? La respuesta no es tan sencilla como blanco y negro, pero puede responderse: En Venezuela no gobierna una dictadura en el sentido clásico del término, pero sí hay un gobierno tremendamente autoritario, que ha implantado un sistema populista esperpéntico, represivo y corrupto, que paulatinamente ha ido destruyendo todas las instituciones democráticas, aunque estas sobre el papel sigan existiendo.

(Foto: Jaime Cordero)

¿Pudo haber dicho Mendoza algo así? Desde luego, si lo creyera. Porque de ignorancia no la podemos acusar. Una mujer tan ilustrada y con opiniones tan sólidas en tantos temas, una mujer que, según sus precoces biógrafos “trenza en su larga cabellera la cosmogonía quechua y el racionalismo francés”, difícilmente puede estar desinformada sobre lo que pasa en un país tan importante de la región.

Pero Mendoza usó la coartada de los amigotes del chavismo, se quedó en lo superficial: en Venezuela hay elecciones. Es cierto. De hecho, hay eleccionitis: ya sea para autoridades locales, regionales, parlamentarias o presidenciales, se termina votando prácticamente todos los años. Y para reafirmar la supuesta importancia que tiene la palabra del pueblo, el chavismo invirtió, hace ya varios años, una millonada de dinero para implementar un sistema de voto electrónico más avanzado que el de la mayoría de países desarrollados.

¿Eso hace que los procesos electorales venezolanos sean democráticos? No. Quizás –solo quizás– los resultados de los escrutinios sean exactos, pero eso es apenas la parte final de procesos absolutamente desiguales, en los que el chavismo tiene todas las ventajas. Los candidatos del oficialismo tienen a su favor un reparto favorable de los espacios para publicidad electoral y todos los recursos del Estado a su disposición para hacer campaña y movilizar a sus simpatizantes. Los empleados públicos (que en Venezuela son muchísimos) son prácticamente conminados a hacer proselitismo en favor del oficialismo y a los beneficiarios de los programas sociales (las llamadas ‘misiones’) se les aterroriza con la idea de que cualquier candidato fuera del chavismo. Finalmente, a los opositores más molestos se les persigue judicialmente, se les acusa de golpistas y se les encarcela.

Y no es cierto que haya observadores internacionales que hayan avalado los comicios venezolanos. No los hay desde el 2006, cuando la misión de observación de la Unión Europea emitió un largo y demoledor informe (se puede leer aquí) luego de las elecciones presidenciales de aquel año. Tras eso, Chávez no volvió a admitir misiones de observación. En cambio, invitó a sus amigos, tipos como el periodista Ignacio Ramonet, la líder indígena Rigoberta Menchú y el actor Danny Glover, a visitar su país y pasearse durante las elecciones.

Todo esto es evidente para quien quiera verlo. Basta con darse una vuelta por Venezuela en época de elecciones –es decir, casi todo el tiempo–. O, con leer un poco de prensa internacional. Pero para muchos otra opción es hacerse el loco. ¿Por qué? Eso da mucho que pensar. Y da motivos legítimos para preocuparse. Aunque los izquierdistas se molesten.

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